Percusión

Los instrumentos de percusión han estado entre nosotros desde la aparición de la humanidad, especialmente en las culturas muy desarrolladas de Asia y África. No ha sido sino hasta el siglo pasado cuando los compositores y músicos de concierto han mostrado interés por su potencial expresivo. La familia de percusión es, sin duda, la más extensa de todas las familias instrumentales.

Progresivamente, la percusión ha ido cogiendo relevancia dentro de la orquesta. En los siglos XVII y XVIII la percusión se usaba en partes instrumentales de ópera, o en la música sinfónica se usaban los timbales para reforzar los tuttis. Durante la mitad y el final del siglo XIX fueron aceptados sin reservas como instrumentos llenos de recursos tímbricos.

Esta gran batería de instrumentos se puede clasificar de muchas formas. La clasificación más general es la de dividirla en instrumentos con afinación determinada (aquellos que producen notas reconocibles, como el xilófono o los timbales) y de afinación indeterminada (cuyos sonidos no tienen una altura clasificable, como la caja o los platos).

El musicólogo Erich von Hornbostel dividió los instrumentos de percusión según el sistema de producción sonora. En cuatro grupos: idiófonos, que producen el sonido por la vibración de todo el cuerpo (triangulo, platos, vibráfono, campanófono…); membranófonos, que producen el sonido mediante la vibración de una piel o membrana tensa (tambor, caja, timbales…); cordófonos, que producen el sonido mediante la vibración de cuerdas percutidas (piano, cimbalón…); y aerófonos, cuyo sonido se produce por la vibración de una columna de aire en un cuerpo cerrado (silbatos…)

Es notable el papel de la percusión en la música contemporánea que ha encontrado en esta familia instrumental un laboratorio extensísimo donde poner en práctica sus fantasías sonoras.

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